Me gustaría que el lector hiciera un ejercicio de imaginación; retrocedemos unos 900 años y nos trasladamos a Jerusalén, recién conquistada hace trece años por los cristianos de la Primera Cruzada.

Se levantan iglesias, el cristianismo triunfa en todo el Oriente Próximo, oleadas de caballeros cumplen con su devoción sirviendo en Tierra Santa. Y en la naciente Europa triunfa el románico, fundándose monasterios y construyéndose iglesias y catedrales por todas partes. El ideal religioso triunfa en todo el orbe conocido. Pero, novecientos años después del ideal religioso, apenas queda nada; hoy no es un objetivo conquistar Tierra Santa para la cristiandad, desde luego, y las grandes religiones, salvo el islam, están en decadencia. Este es un claro ejemplo de cómo los ideales que mueven a la Humanidad están en perpetuo cambio. Se pueden poner muchos más, como la pérdida de la cultura clásica con la caída del Imperio romano, el Renacimiento mil años más tarde, etc. Todos estos ejemplos nos indican cómo los ideales que mueven la historia del hombre varían continuamente, cómo varían las inquietudes de los individuos que conforman la Humanidad. 

Que el hombre es una creación especial de la naturaleza es una de las falsas creencias que arrastramos desde la Edad Media. Y entonces nos volvemos incapaces de reconocer en el devenir histórico los cambios provocados por los ideales humanos. Es curioso cómo la ciencia moderna reconoce en la materia complejos ciclos y órdenes, como la estructura del sistema periódico o el cambio estacional merced a la inclinación del eje terrestre, pero en las ciencias humanas se sigue creyendo en un continuo ascenso y mejora de las condiciones humanas, tecnológicas, sociales y laborales. De esto último es causa el antropocentrismo que todavía rige nuestra visión del mundo. Si el hombre está insertado en la naturaleza debe seguir sus mismas leyes y, por tanto, los ciclos cambiantes de la naturaleza deben reflejarse en la historia humana. 

Proyectamos hacia el futuro nuestra visión actual del presente. Nos lo imaginamos pletórico de elementos tecnológicos, de comunicaciones extendidas por todo el globo y de un bienestar material continuamente creciente. Y cometemos el mismo error que nuestro caballero medieval. Miramos el futuro con los ojos del presente, y no reconocemos que igual que desde hace mil años las motivaciones humanas han cambiado, dentro de mil también lo harán, y el hombre del futuro mirará nuestras máquinas y computadoras con la misma curiosidad con que hoy miramos las pirámides de Egipto o los templos de Angkor Vat, sin saber muy bien para qué servían ni cuáles fueron los ideales que permitieron su construcción. 

Para un ciudadano del Imperio romano este era indestructible, pero finalmente cayó. Y las calzadas romanas, que comunicaban una punta de Europa con otra, se convirtieron en escombros inútiles, los seres humanos perdieron casi todas las claves de la cultura y de la civilización, volviéndose violentos y agresivos, en guerras continuas y saqueos unos con otros incesantemente. Lo mismo sucederá con nuestra civilización, y nuestros nietos quizás recuerden con añoranza los tiempos de internet, de las autopistas de varios carriles y de los vehículos a más de cien kilómetros por hora. El lector me puede acusar de catastrofista, pero lo cierto es que existen innumerables ejemplos de la caída de las civilizaciones, y de cómo se produce un renacimiento a partir de los elementos culturales que los hombres supieron conservar en medio de la barbarie. 

Uno de los objetivos de la Filosofía es tratar de insertar al hombre en el universo, pero no solo a nivel físico, sino psicológico y mental. Del estudio de la Historia podemos extraer los ejemplos de ayer, de hoy y de siempre que nos permitan superar los ciclos históricos de caída y permitir el resurgir de un nuevo renacimiento. Esta es la Filosofía de la Historia, no pensar que es un peso muerto y una sucesión de catástrofes y de guerras continuas, sino un semillero de ideas fértiles para el futuro próximo. Del esfuerzo individual de cada uno por conocerse a sí mismo surgirá una nueva visión del mundo, del hombre y de la vida. 

Javier Ruiz

 

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