La palabra apocalipsis originalmente en griego significa revelación.

          Pero, como el libro final del Nuevo Testamento y de la Biblia se titula Apocalipsis, y en él se nos narra la segunda venida de Jesucristo acompañado de innumerables calamidades y catástrofes para la Humanidad, la palabra Apocalipsis tiene un sentido de crisis, de cambio total y desastroso, casi siempre para peor. 

           Hoy estamos dominados por el temor de la crisis económica y de las consecuencias que está teniendo para el bolsillo del ciudadano de a pie. Sin embargo, no pensamos que la crisis económica viene como consecuencia de una serie de ideas que, sin apenas conciencia de ellas, tienen un peso decisivo en nuestra vida. Una de ellas es que podemos seguir creciendo continuamente sin tener en cuenta que los recursos planetarios y humanos son limitados. 

           De la misma forma que la contaminación y la acumulación incontrolada de residuos ha despertado nuestra conciencia ecológica, también a nivel económico y humano estamos contaminados por la idea del crecimiento continuo; observamos a nuestro alrededor cómo todas las cosas tienen su momento de nacimiento, crecimiento y máxima expansión para, finalmente, decaer, y, sin embargo, no tomamos conciencia de que lo mismo sucede con el hombre y la sociedad en que vive. Nuestra sociedad, como antes la sociedad romana, la medieval y la china de la dinastía Ming, como todas ellas, tarde o temprano perecerá.

          El problema reside en que el hombre todavía no ha concienciado a nivel íntimo y profundo que forma parte de la Naturaleza y que, igual que esta, está sometido a los ciclos propios de ella. Esa idea de la separación del ser humano respecto de los demás seres vivos domina el pensamiento desde la Edad Media, con el triunfo de la Biblia y el mito (porque es un mito, al fin y al cabo) de que el hombre es la corona de la creación, y que toda esta se halla bajo su dominio.

          Si bien nuestra civilización ha progresado muchísimo a nivel científico y tecnológico, no lo ha hecho a nivel artístico y político. En la era de los ordenadores y de internet todavía nos regimos por sistemas políticos de hace dos siglos, y las religiones continúan ancladas en dogmas más propios de la Edad Media que de los tiempos que vivimos.

          Veamos el caso de las nuevas guerras; las guerras del Golfo, de Afganistán y el conflicto del Cáucaso entre Rusia, Georgia y Chechenia ya no responden al estereotipo clásico de las guerras frontales entre dos países, con frentes bien definidos, con el movimiento de espías y agentes dobles, con el beneficio económico de una de las partes y con la muerte de ciudadanos propios como un sacrificio doloroso pero necesario. En un mundo globalizado, la guerra suele beneficiar, sobre todo, a las multinacionales, y como estas suelen tener intereses en ambos bandos, las guerras han pasado a no ser destructivas, pero eso sí, el país que las inicia y que en términos clásicos vence, suele pagarlo en forma de enormes gastos militares para sustentar una situación de ocupación irreal. 

           En seis años de ocupación iraquí, han muerto apenas cuatro mil soldados estadounidenses, menos de los muertos mensuales en accidentes de tráfico en EE.UU. Las bajas iraquíes suman medio millón aproximadamente, como consecuencia principal de las guerras tribales desatadas entre las distintas tribus iraquíes y que la mano de hierro de Sadam mantenía unidas. La opinión pública, con mayor peso del que jamás tuvo en el Gobierno, demanda guerras, pero con pocas bajas. En la era de la información en tiempo real, la guerra se ha vuelto un espectáculo más.

           Recordemos las retransmisiones televisivas donde se nos informaba diariamente del movimiento de tropas en el frente. Recordemos la presencia de los periodistas en Bagdad, durante el comienzo de la segunda guerra del Golfo. De esta manera todos los conceptos estratégicos y tácticos pierden su sentido, al estar informado el enemigo de nuestros movimientos, y nosotros de sus respuestas. Internet ha venido a vulgarizar la información, de manera que esta ya no es un secreto.

          Otro síntoma de apocalipsis es el terrorismo internacional; con la caída de las Torres Gemelas en Nueva York, ha tomado protagonismo esta nueva forma de guerra; se busca el efecto psicológico más que la destrucción de objetivos visibles y bélicos. El terrorista busca despertar miedo, ira y una reacción incontrolada en la población que ataca, de manera que el Gobierno del país atacado reaccione con una respuesta desmesurada, justificando así las agresiones del propio terrorismo, que ahora toma el cariz de respuesta defensiva. De esta forma, vemos el creciente aumento de terroristas suicidas que se justifican a sí mismos como mártires de una religión y de un ataque contra un enemigo que aparece como el demonio.

          La mejor manera de combatir el terrorismo es eliminar las razones que esgrime el terrorista como justificación de sus actos; la aplicación estricta del Estado de derecho es la mejor arma posible. También un necesario control de los medios de comunicación que no regale publicidad gratuita a los medios terroristas; el seguimiento como espectáculo de la caída de las Torres Gemelas fue la mejor publicidad que se le pudo hacer a Bin Laden. Pero, como hoy en día la sociedad demanda espectáculo y diversión a cualquier precio, el seguimiento de la caída de las Torres Gemelas fue tratado como si fuera una película de Hollywood.

           El terrorismo islámico está vinculado a la religión, y los tiempos nuevos nos traen de nuevo un conflicto de religiones, una nueva Cruzada. El aumento del fundamentalismo musulmán, pero también cristiano, está vinculado a la interpretación literal de un libro sagrado, el Corán y la Biblia respectivamente. Un ejemplo de régimen fundamentalista lo tenemos en Irán, en los emiratos del Golfo Pérsico y en Arabia Saudita, donde el Corán es la fuente del derecho y toda la vida está regida por la interpretación del libro revelado por la divinidad. Esta interpretación literal de los libros sagrados y su aplicación como fuente del derecho cotidiano es típica de todas las edades medias.

           No es sólo el fundamentalismo musulmán el que está creciendo; en EE.UU. el fundamentalismo cristiano toma fuerza. Lo podemos constatar con el creciente ataque y cuestionamiento de la teoría de la evolución de Darwin, con el ataque al darwinismo, que no debe ser enseñado en las escuelas, con el creacionismo, basado en una interpretación literal de la Biblia, y con los espectáculos televisivos dominicales, que mueven a millones de personas en una ceremonia-espectáculo muy poco afín con los rituales cristianos.

           Todo lo anterior son síntomas externos de una descomposición interna, de la decadencia de las ideas y los sentimientos vigentes en nuestra sociedad. Tomamos la vida como si fuera un espectáculo, hasta tal punto que los acontecimientos deportivos cada vez son más numerosos, de manera que lo que comenzó siendo un partido semanal actualmente se vuelve algo diario y condicionante de la vida de muchas personas. La identificación tribal con los colores de un equipo de fútbol es algo evidente, así como la creciente frustración sentimental y emocional que se manifiesta en estallidos de violencia deportiva. Es el fruto de querer vivir la vida como si fuera un espectáculo y una diversión continua.

          En la misma ciencia encontramos una separación cada vez mayor entre la ciencia y la tecnología. Estamos sumidos en un gran avance tecnológico, y las consecuencias son la aparición de la globalización; vivimos inmersos en una aldea global, de manera que nos es muy fácil comunicarnos con una persona al otro lado del globo, y seguir cualquier espectáculo deportivo o cultural sin salir de casa. El progreso tecnológico constante sin duda ha mejorado nuestras vidas, pero ha tenido una serie de consecuencias psicológicas y sociales no previstas; nos hemos vuelto meros espectadores de la vida, sumidos en una cultura del espectáculo continuo y de la comodidad; hemos perdido la participación activa en la sociedad; nunca ha sido tan alto el nivel de soledad, de relaciones rotas, de desconfianza mutua entre las personas.

           Por otra parte, aunque parezca contradictorio, la ciencia como tal está perdiendo protagonismo. El papel de la ciencia es explicar los fenómenos naturales, mientras que el de la tecnología es dominar los fenómenos naturales y canalizarlos hacia el uso humano. Paradójicamente, la explicación de los fenómenos y de las teorías científicas ha perdido interés. La divulgación de la ciencia ha perdido el protagonismo que tenía en los años 70 y 80, y la mayoría de las revistas se dedican más a temas de actualidad tipo cambio climático o contaminación que a plantear nuevas teorías y explicaciones de los acontecimientos.

          De nuevo es la sociedad la que pide esto; el hombre está menos interesado en saber que en poseer un nuevo juguete con que distraer su aburrimiento y aumentar su comodidad. De ahí, por ejemplo, las críticas al nuevo colisionador de hadrones del CERN y la aparición de una teoría sin fundamento sobre la posible desaparición del planeta por la formación de un agujero negro. El ciudadano de a pie no ve un beneficio inmediato tecnológico en la ciencia pura, y de ahí sus críticas hacia algo que no entiende.

          Las soluciones a todo esto pasan por integrar al hombre en la Naturaleza; no solo a nivel físico, sino también emocional y mental. Aprendamos a no ser depredadores del planeta, de otros países y de nuestros propios vecinos. Todas las crisis tienen detrás un factor moral. Nuestra crisis humana se debe al exceso de codicia, a querer buscar siempre el máximo beneficio posible y el mínimo esfuerzo posible. Todo ello nos ha debilitado como personas. Hemos dominado el planeta, pero no nos hemos dominado a nosotros mismos; de esta forma, hemos roto el equilibrio ecológico, social y humano.

          Debemos dejar de buscar soluciones externas al hombre; ni la tecnología puede crecer siempre, ni la economía puede crecer siempre, ni podemos vivir sumidos en un espectáculo continuo como nos propone nuestra sociedad. Aprendamos a mirar de nuevo dentro de nosotros y encontraremos las respuestas y las soluciones a todos los problemas que hoy nos aplastan. En vez de mirar y lamentarse, actuar.

   Javier Ruiz

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