"El hombre debe sentir la necesidad imperiosa de liberarse del ciclo vida-muerte para poder logralo realmente".

Su enseñanza:
Es imposible, por razones de espacio, dar otra cosa que un escueto resumen. Un elemento fundamental es el Ariya-Atthangika-magga, al que llamamos el Noble Óctuple Sendero, que consta de:
    
      recto conocimiento
      recta intención
      recta palabra
      recta conducta
      recto esfuerzo
      rectos medios de vida
      recto pensamiento
      recta concentración

Fundado el Sangha, estableció para los monjes diez Paramitas (virtudes trascendentes) y seis para los laicos.

Enseñó que hay diez vicios capitales: tres del cuerpo, cuatro de los labios y tres de la mente. Estos son: matar, robar y fornicar; mentir, calumniar, insultar y decir palabras correctas con intención incorrecta; el odio, la envidia y el ateísmo.

Su doctrina, que se resume en el llamado Sermón de Benarés, se basa en la autorrealización del hombre. Ni los demonios pueden, realmente, rebajarlo, ni los dioses elevarlo, salvo con la complicidad o colaboración del propio ser humano. No existe en el budismo la idea de una “salvación”, ni tampoco la de un “Dios personal”. El hombre está atado tan solo por su ignorancia, que le hace equivocarse y reencarnar miles de veces buscando la experiencia que le falta. Dios no baja hasta los hombres, sino que estos deben elevarse siempre hacia lo divino, donde la luz es permanente y los lotos no cierran sus pétalos (Nirvana o San-gri-lah). El Dammapadha (en sánscrito, Dharmapadha), nos dirá: “Es más fuerte el hombre que se vence a sí mismo que el que vence a mil hombres en combate”.

Nirvana significa, literalmente, “salir del bosque”, o sea, salir de la confusión, las tinieblas y la pluralidad. Es la meta última del hombre como tal. Pero no es el fin de todo, pues según el budismo esotérico, más allá hay más y más misteriosos estados que se engloban en la expresión “Paranirvana Moksha”.

Para el Buda, la persona o cuaternario inferior es mortal por necesidad, pues está en el tiempo y “todo lo que nace debe morir”. Lo inmortal es el espíritu, que está por encima del yo mental egocéntrico y egoísta. El verdadero triunfo no radicaría, según este Avatara, en dominar sólo el cuerpo, sino el pensamiento y el separatismo del yo, tú, él, etc.

El hombre debe sentir la necesidad imperiosa de liberarse del ciclo vida-muerte para poder lograrlo realmente. Mientras viva apegado a la sensación y la ignorancia, es mejor dejar el trabajo de purificación a la moral mecánica de la Naturaleza a través de las reencarnaciones.

Así, más que fundador de una religión, fue un filósofo esotérico. Creó dentro del milenario brahmanismo una revolución ideológica y de costumbres, pues los brahmanes, que estaban sujetos a un ceremonial muy estricto, a un sinnúmero de supersticiones y tabúes, fueron fuertemente chocados por esta corriente de aire fresco que, sin negar la tradición interna, desaconsejaba pasar la vida en ceremonias, ya huecas de sentido, esperando que los dioses ayudasen al hombre. Como Sócrates, recomendó el “Conócete a ti mismo”.

Tras su muerte, sus discípulos fueron perseguidos por la “religión oficial”, y tan solo siglos más tarde, como un Constantino oriental, surgió el emperador Asoka, llamado “el Cruel”, quien a mediados de su vida abrazó las enseñanzas del Buda y las impuso en el Imperio de una India que había superado una de sus épocas de feudalismo. Pero no duraría mucho esta situación, pues en el siglo VIII sobrevendrá la invasión musulmana y todo se fragmentará de nuevo. El budismo, ahora dividido en Mahayana (el Gran Vehículo) e Hinayana (el Pequeño Vehículo), penetró profundamente en China y otros países de Oriente. Las nuevas investigaciones afirman que, asimismo, se expandió puntualmente hacia Occidente en el siglo III a. C. debido a los contactos establecidos por Alejandro el Grande, quien también dejaría su impronta en el pensamiento y el arte hindú a través del período “Gupta”. Algunos filósofos budistas y brahmines deambularon por Occidente, por lo menos hasta el siglo I-II d. C. y se les llamaba “gimnosofistas”.

El budismo se caracterizó y se caracteriza por no tener un jefe espiritual sino muchos, y por una gran libertad de expresión, que lo ha enriquecido, pero también lo ha debilitado. Hasta finales del siglo XIX y primer cuarto del XX fue la religión con más adeptos en el mundo, pero la caída de China en la guerra civil y la posterior penetración de formas asimiladas del marxismo, así como la influencia occidental, que se reforzó en Japón y en todo lejano Oriente después de la Segunda Guerra Mundial, la ha dejado en un probable tercer lugar y, como todas las religiones actuales, salvo la musulmana, tiende a perder influencia.

No obstante, en sus veinticinco siglos de vida ha demostrado una gran capacidad de supervivencia y, salvo el ya muy lejano momento de Asoka, podemos afirmar que es la forma de fe menos inclinada a la violencia y al dominio del mundo material y a las riquezas. Salvo excepciones, como en el caso de los Khmer rojos, no se mezcló ni se mezcla en cuestiones políticas, pues prima el viejo espíritu de lo pasajero de las cosas y de la búsqueda individual de una paz interior a todo precio, unida a una gran humildad. Dijo el Buda: “Yo veré la espalda del último hombre que entre al Nirvana”.

Según H. P. Blavatsky, en sus orígenes el budismo no tuvo casi nada de original, pues Sidharta se habría limitado a exteriorizar una forma de budismo primitivo, la mística de la luz o de la Iluminación, que existía desde hacía miles de años antes en la zona del norte de la India, especialmente en el Tíbet. Ya es muy difícil, si no imposible, probar esto o negarlo. De cualquier manera, el Señor del Loto trasmitió a la posteridad la religión que menos sangre ha hecho verter de todas las que conocemos. Y aunque fuese nada más que por eso, merece ser bendito.

Jorge Ángel Livraga

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